
La infancia es el período más vulnerable de nuestra vida. Es un tiempo en el que nuestra psique, en proceso de maduración, necesita el continuo sostén y nutrición de los padres.
Si nuestros padres no estuvieron realmente presentes, atentos y receptivos a las necesidades del niño, esas heridas, carencias y, por supuesto, el hábito de sobrepensar se cristalizan en nuestro interior, convirtiéndose en una estructura que, si no se sana, nos acompaña cada día en la adultez.
Un niño, por pequeño que sea, piensa continuamente; para ello está diseñada biológicamente nuestra mente, y es algo sano y natural.
¿Cuándo sobrepiensa un niño?
Cuando, en su proceso natural de reflexión, ideación o decisión, no hay un acompañamiento adecuado de los padres, no hay un interés por sus ideas, no hay una guía sobre qué hacer o qué no hacer, no hay una estabilidad que le proporcione una mínima coherencia entre reflexión y acción, ni hay una aportación de valores familiares o sociales. Aunque solo sea para que, al crecer, el niño los cuestione y decida hacer lo contrario. O bien, ocurre lo contrario: las ideas del niño son aplastadas por un sistema familiar inflexible, que no permite las aportaciones de sus miembros, incluidos los niños de la familia.
En todos estos casos, y en otros más, las ideas del niño no son escuchadas, por lo que el adulto aprende a no escucharse a sí mismo, lo que lo lleva a sobrepensar todo. O bien, las ideas del niño fueron aplastadas, tachadas de incorrectas y no respetadas por sus padres, un entorno desde donde luego también es imposible escucharse uno mismo. En ambos casos, el niño pierde su guía interna, su escucha interior y el reconocimiento de su propia gnosis o sabiduría personal.
Esta estructura, aprendida en la infancia y no sanada en la adultez, hace que la mente se estimule sin fin en bucles de pensamientos. Si los pensamientos, quizá preocupantes o atemorizadores de mi infancia, no encontraron en mis padres un lugar de llegada, de cobijo y de reformulación, hoy no tengo esa estructura interiorizada ni disponible en mí. Es por ello que mis pensamientos giran y giran sin encontrar ese lugar de llegada, que es mi propia adultez, ni de cobijo, que es mi propio autocuidado, ni de reformulación hacia algo “mejor” que me saque del bucle, que es mi gnosis interna.
Dentro de mí persisten pensamientos, muchas veces angustiantes, o fantasías sobre mundos ideales o terribles, o cualquier otra cosa que vaga por mi cabeza y que fue introyectada en mi infancia por mis padres, y que hoy me repito a mí misma con mi propia voz y mi propio tono… pero que no soy yo.
Y en este espacio entre mi yo actual y lo que me repito inconscientemente a mí misma (lo que aprendí en la infancia), se cuelan estos pensamientos intrusivos, pegajosos y tan difíciles de sacar de mi mente.